Echando raíces en Austin

Inmigrantes de Luvianos que han hecho su hogar en Austin se tornan empresarios, pero la economía golpea duro a algunos.

¡ahora sí!



Detrás de las puertas de vaivén color mango que llevan a la animada cocina en el restaurante Luvianos, en el noreste de Austin, los desayunos mexicanos chirrían en la plancha, las meseras corren de aquí para allá, y Esthela Orozco trabaja en la registradora con una cálida y elegante seguridad.

La mujer, de 39 años, nunca había administrado un restaurante antes de abrir Luvianos en Cameron Road, seis años atrás, y lo bautizó pensando en el pueblo donde se crió y dejó hace 19 años para emigrar a Austin.

Su éxito con el restaurante la llevó a abrir otro Luvianos en un área de rápido crecimiento como Kyle, el año pasado. Para sorpresa de Orozco, los clientes norteamericanos de Kyle están probando sus recetas, como el caldo de camarón o la cochinita pibil.

El éxito de Orozco nace de un fenómeno que por más de 20 años ha traído aquí a grandes cantidades de inmigrantes desde Luvianos y el vecino y más pequeño pueblo de Bejucos, ubicado en la región montañosa del Estado de México.

En sus “comunidades remitentes” —el término utilizado por los investigadores para describir pueblos con altos porcentajes de emigrantes— son aclamados por sacar a sus familias y pueblos de la parálisis económica, principalmente a través del dinero estadounidense que envían.

Los expertos señalan que la inmigración en cadena de pobladores de estas “comunidades remitentes” imita los patrones de la inmigración europea temprana a Estados Unidos, cuando los pioneros llegaban a un pueblo, hallaban trabajo y luego traían a sus familias y amigos, quienes a su vez repetían el ciclo.

“La ventaja de los inmigrantes es que cuando llegan a ese lugar en particular, en esencia se encuentran con una comunidad familiar. Pueden no conocerles personalmente, pero saben de ellos y a menudo esto les permite ingresar en una red económica, un empleo conseguido a través de una red de conocidos”, dijo Luis Plascencia, un antropólogo de la Universidad del Estado de Arizona, quien estudia la inmigración mexicana en Austin.

Según Orozco, 20 años atrás los residentes de Luvianos se buscaban entre sí para ir a paseos o partidos de futbol los fines de semana. Ahora, los aspirantes a empresarios están igualmente dispuestos a reunirse para buscar orientación en negocios de mentores como ella y su esposo, Noel Jaimes, quien es propietario de una empresa de jardinería.

“Hacen preguntas como: ‘¿Cómo obtengo un permiso de la ciudad?’ y ‘¿Cuánto capital de inversión necesitaré?’”, dijo Orozco, quien es ciudadana estadounidense naturalizada.

Aunque las remesas a México se han desplomado con la recesión económica en Estados Unidos, también parece haber otro patrón histórico que entra en juego: los inmigrantes empiezan a enviar dinero a sus familias inmediatas, pero esos envíos disminuyen en la medida en que los familiares los siguen a su nuevo lugar de residencia, según dijo Plascencia. “Mi familia está aquí ahora”, señaló Pedro Sánchez, de 58 años, un soldador originario de Luvianos.

Orozco y Jaimes dijeron que envían dinero a sus padres en México sólo ocasionalmente. Ellos y otras personas entrevistadas para esta historia dijeron que la mayor parte de su familia, tanto inmediata como lejana, vive ahora en este país. ‘No me puedo quejar’ Nadie está seguro de cuánta gente originaria de Luvianos y Bejucos ahora considera a Austin como su hogar “Miles quizás”, dijo Orozco.

“En mi boda, tan sólo contando mi familia, había más de 200 personas de Luvianos,” expresó María Hernández, de 27 años, tornando los ojos al mencionar el número de invitados. Hernández dejó Luvianos a los 14 años, y ahora administra la Taquería Valle de Bravo, no muy lejos del restaurante de Orozco, en una esquina del vecindario de St. John.

El enclave del noreste de Austin, limitado por la Interestatal 35, U.S. 183 y Cameron Road, fue históricamente un vecindario predominantemente afroamericano, hasta que fue transformado por los nuevos residentes de habla hispana. Según cálculos del censo, el vecindario de St. John es 64% latino.

Sánchez dejó Luvianos cuando era joven y trabajó en la ciudad de México por muchos años. Ahora, ya convertido en ciudadano estadounidense, cuenta que se mudó a Austin en 1992, después de vivir cerca de Waco, porque sabía que muchos de sus paisanos vivían aquí. En ese entonces había tantos inquilinos de Luvianos en un edificio de departamentos, cerca de la preparatoria Reagan, que lo llamaban ‘Luvianos Chiquito’.

“Lo que quería era que mis hijos tuvieran una oportunidad de avanzar en la vida, ese era mi plan”, dijo Sánchez, quien vive en el noreste de Austin con su esposa y dos de sus niños. “No me puedo quejar, me ha ido muy bien.” Aún así, no hay duda que el bajón económico en Estados Unidos está golpeando duro a algunos inmigrantes de Luvianos.

Para Jaimes, el esposo de Orozco, la semana de trabajo en su pequeño negocio de jardinería ha bajado de seis o siete días a sólo cuatro, y la competencia es brutal para trabajos que antes eran abundantes.

“Nunca ha sido tan difícil encontrar trabajo”, dijo Ezequiel Ramírez, un nativo de Luvianos de 39 años, quien junto con docenas de otros compatriotas estaba hace poco pujando por un trabajo de construcción en el estacionamiento de Home Depot, cerca de la avenida St. Johns.

Ramírez dice que ha vivido en Austin por 15 años. Cuando había abundante trabajo, enviaba hasta $600 al mes a su esposa, hijos y padres en Luvianos. Ahora, con suerte puede enviarles $100 después de pagar sus cuentas.

“Básicamente uno está tratando de comer y sobrevivir”, dijo Ramírez.

jcastillo@statesman.com; 445-3635